Ventiska y Hacia lo desconocido

Tuve la suerte de haber nacido en una ciudad pequeña rodeada de montañas y paisajes ocultos. Yo la llamo: «La ciudad entre las nubes». De niño acompañaba a mi papá en sus viajes de trabajo y recorría toda la zona. Debía tener unos seis o siete años cuando me compraron mis primeras botas para chapotear en el riachuelo. Solían llevarme a pescar, a pasear por el campo. Recuerdo que en uno de esos viajes encontramos un riachuelo y atrapamos cangrejos de rio para la cena. Tuve un sinfín de aventuras en toda mi niñez que me hicieron un aventurero.

«LA CIUDAD ENTRE LAS NUBES»

Cuando crecí me compré una motocicleta que se volvió mi compañera de aventuras. Empecé a ir cada lugar cercano que creía conocer perfectamente; sin embargo, la cosa no era así, me di cuenta que muchas veces llegaba y no me tomaba el tiempo de saborear el lugar, de oler, de mirar, de impregnarme de su espíritu. Entonces empecé a observar más cada lugar que visitaba y a estar más quieto y en silencio. Y ese silencio fue para mí, la puerta hacia el misterio, hacia lo desconocido. Descubrí que en ese estado de conciencia se despertaba una curiosidad por ir más allá, no era estrictamente un silencio, sino el silencio de la mente especulativa, silencio de pensamientos. Lo que si había era conciencia de los colores, olores, sentimientos, ganas de seguir caminando, ganas de explorar.

Este fue el caso de un cañón no muy lejano de donde vivía. Recuerdo como paso la primera vez que llegue allí. Fue hace ya unos años que deambulaba en moto y llegue a un caserío que ya conocía, había ido algunas veces cuando era niño. Ese caserío era el último de la carretera y muy cerca de ahí había un cañón con una especie de faro o torre pequeña. Este era un lugar turístico oficial, yo lo llamo: «El Cañon del faro», la entrada no costaba mucho y recibía regular número de turistas cada temporada. Yo ya había visitado en algunas oportunidades este cañón.

«EL CAÑON DEL FARO»

Era muy hermoso, pero yo quería conocer algo nuevo, prefiero los lugares ocultos que muy pocas personas conocen. Entonces hice silencio y simplemente me dejé llevar y seguí el camino hacia el lado opuesto al cañón conocido. En ese lado parecía solo haber campos de sembrío y algunas pocas casas. Cuando entonces vi una pequeña casa que parecía ser un punto de control policial. En ese momento, dude si continuar o no, ya que aún no sacaba mi licencia de conducir. Y Fue en ese momento que paso un campesino cerca de mí y le pregunte sobre la casita de la policía. Me dijo que efectivamente era un punto de control de la policía para los vehículos que ingresaban al penal de máxima seguridad que se encontraba un poco más allá, pero que en la actualidad esa casita estaba abandonada y ya nadie venia y que si seguía encontraría un camino de montaña que me llevaría a un mirador con una vista impresionante.

Ese día decidí no arriesgarme, porque quizá había policías a las afueras del penal. Así que espere unas semanas en las que regularice todos los papeles de mi moto y esta vez volví más seguro y confiado. Al llegar donde la casita, vi que solo era la fachada la que estaba pintada con logos de la policía, adentro no había nada, no tenía puertas ni ventanas y estaba llena de escombros. Doscientos metros más allá se encontraba el penal de máxima seguridad era muy grande, con torres de control donde se supone que van los francotiradores, también había puertas de metal y todo estaba cerrado. El camino de montaña seguía y continúe avanzando en mi moto, había mucho viento, pero no tenía frio. El camino era amplio y también había mucha maleza crecida. Podía ver el límite que tenía en mi horizonte y cuando llegaba allí el camino aun no acababa, sino que seguía y era largo como una serpiente, parecía infinito, después de unos minutos por fin pude divisar el fin del camino y, al llegar, la vista no me decepcionó.

¡Era hermoso! Se veían las montañas Lejanas, las enormes deformaciones de las rocas, el viento era fuerte y una inmensidad de bosque y cielo despejado. Realmente me gusto y se convirtió en mi lugar secreto. Siempre iba en temporadas diferentes y encontraba distintas tonalidades en los colores. Algunas veces era de un verde oscuro intenso, las montañas se veían espesas y el cielo lleno de nubarrones blancos; otras veces el color era un verde caña, y parecía que las montañas habían tenido un corte de cabello, el cielo muy celeste y con muy pocas nubes. Los mejores atardeceres se veían desde ahí y tenía la tentadora idea de estar ahí en una noche estrellada, pero no tuve la oportunidad. Recuerdo que cuando invitaba a salir a alguna chica, siempre las llevaba en moto a ese mirador y normalmente también quedaban deslumbradas por su magia.

¡Era el lugar perfecto! Y le puse por nombre: “Ventiska” porque hacía mucho viento allí

Después de ir muchas veces a Ventiska fui descubriendo muchas cosas. Permanecía en silencio y se despertaba esa curiosidad que me hacía caminar por los alrededores, empecé a descender la montaña y en una parte escondida encontré una piedra enorme que era perfecta para echarse y descansar, escribí mi nombre en esa piedra y cada que iba al cañón iba a esconderme ahí, solía llevar libros, escuchaba música y me quedaba una o dos horas allí. Al Caminar por los alrededores también encontré pinos secos. No obstante, el cañón escondía más secretos, solo tenía que apagar mi mente racional y entonces surgiría la imaginación y la curiosidad. Cada vez que iba y que contaba con tiempo hacia eso y encontré que, en el lado del cañón, opuesto a la enorme piedra, había una especie de pequeñas cavernas donde la temperatura era ligeramente más caliente, así que cuando llovía ese era el lugar indicado. Algunas veces me encontraba con turistas y campesinos de la zona. En una ocasión una fuerte lluvia nos sorprendió y me refugie con un campesino en una chosita de madera que habían construido. El me conto que por ahí tenía sus campos de sembrío y también me conto la leyenda de “Juan el caníbal”. En el mes de febrero crecían muchas moras al lado del camino serpenteado. Justo por esos días invite a salir a una chica y la lleve allí y no olvidamos los recipientes para poner allí las moras que recolectábamos. ¡Cuántas aventuras pase en ese lugar!

Así pasaron los años y cada vez más gente se enteraba de Ventiska. Un día note el camino más trabajado y sin tanta maleza. Los carros pequeños podían entrar sin tanta dificultad. Otro día me encontré con un punto de control para cobrar entrada, antes de iniciar el camino serpenteado que parecía infinito. Y en el mismo cañón empezaron a construir un muro de piedra y a sembrar plantas. También construyeron pequeños bungalós con paredes de vidrio. Todo esto era muy bueno, era turismo y ayudaría a la zona, pero para mí el cañón iba perdiendo algo de su encanto. Seguía siendo hermoso y especial, pero el hecho de que lo conociera tanta gente y cualquiera pueda llegar hizo que perdiera su toque de misterio.

Yo seguía yendo a Ventiska de vez en cuando. Hasta que en una ocasión fui con un amigo para pasear y charlar un rato y estando ahí en el cañón algo se apodero de mí y le dije:

 ¿y si vamos más allá?

Pues, ¿por qué no? – me respondió

Y sin darnos cuenta estábamos caminando hacia lo desconocido. Era un camino de herradura, deduje que los antiguos lo usaban para poder transportarse. Era bueno tener un amigo con espíritu de aventura, no todos se atreven a caminar más allá de lo conocido, algunos simplemente no les provoca o les da pereza o solo no están diseñados para eso.

Caminamos un largo rato y encontramos un perro que nos empezó a seguir, le pusimos de nombre fido. El camino no era tan fácil, ya que había piedras puntiagudas que te podían lastimar. Había partes en las que las bajadas eran muy empinadas y nos podíamos caer. Íbamos con un poco de velocidad, éramos agiles y nos desplazábamos con precisión. Fido iba a nuestro ritmo y cada vez descendíamos más y veíamos nuevas montañas, encontramos arena y árboles en fila. Ya habíamos perdido de vista al cañón cuando de pronto, a lo lejos, en la montaña del frente, vimos una hermosa catarata que parecía sacada de un cuento. Brotaba desde la cima de la montaña y descendía al ras del suelo hasta la mitad de la montaña donde se abría un enorme agujero que dejaba caer en picada el agua cientos de metros de altura. Este hoyo era el que le daba un encanto especial, como si ocultará algo: una especie de oasis cubierto por las montañas. Nos sentamos a descansar mientras veíamos la catarata y le dije a mi amigo que quien iba a imaginar que encontraríamos algo así y que teníamos que llegar allí algún día.

De todas maneras- me respondió.

Luego de un descanso, inspeccionamos un poco y la catarata se encontraba muy lejos de donde nosotros estábamos. Al parecer teníamos que descender la montaña, cruzar el rio y escalar otra montaña y recién llegar a la catarata. No encontramos ningún camino para descender, todo parecía ser una montaña virgen. Sin embargo, quizá no buscamos bien o quizá existía otras maneras más fáciles de llegar, ya el tiempo lo diría.

 Por otro lado, las clases de la universidad estaban a punto de empezar y no podría realizar viajes ni aventuras durante unos meses, pero no deje de imaginármelos y esperaba con ansias que lleguen las vacaciones para poder viajar y explorar lugares. Cuando por fin llegaron las vacaciones lo primero que hice fue volver al caserío y preguntar a los lugareños sobre la catarata que había visto. Me dijeron que esa zona se llamaba Lejía, por el color amarillento oscuro de sus aguas y que en tiempos antiguos se descendía por la montaña, desde donde había visto la catarata, se cruzaba un puente rústico de madera y se escalaba otra montaña donde había minas de carbón y más arriba se encontraba la catarata. Sonaba fácil, pero el camino era incierto y lleno de obstáculos, se requería una buena condición física, pero había otro asunto. Todo esto era posible en tiempos antiguos, ya que con el tiempo el puente se deterioró y se cayó, se perdieron los caminos, crecieron la maleza y los árboles y ocultaron esa belleza natural. ¡Que emoción! Un lugar oculto protegido por la naturaleza y un puente destruido. Todo me hacía recordar a la literatura sobre los elfos vespertinos, las hadas y los duendes.

Al reflexionar un poco me dije a mi mismo que las montañas no serían un problema, ya que podría abrirme camino usando un machete y desplazándome con parkour en las partes difíciles. El asunto era cruzar el rio, pues el puente se había derrumbado en tiempos antiguos y ya nadie iba por ahí y no sabía si el rio era profundo o caudaloso y si era factible cruzar nadando. Estas preguntas revoloteaban mi cabeza hasta que se me ocurrió usar google maps y ver si existían otros puntos desde donde podía llegar a la catarata.

Mi sentido de ubicación estaba un poco desorientado, pero deduje que: si hay un rio, debe haber una aldea o personas cerca en algún punto a lo largo del rio. Y efectivamente con Google maps encontré que un par de kilómetros rio abajo había otro caserío. Y en ese caserío había otro rio más grande y el rio que venía de la catarata alimentaba al rio más grande en un punto muy cercano al último caserío. Entonces deduje que al llegar a ese caserío podía encontrar información y lo más importante: cruzar el rio

Con los años me di cuenta que todas estas aventuras fueron posibles gracias al estado de conciencia que tenemos cuando estamos en silencio. Todos tenemos una mente que siempre pone preguntas y resistencias. Y estamos tan identificados que nos cuesta dejarla y salir de ella, (ya habrá tiempo para hablar sobre esto), pero el punto es que si no hubiera estado en ese silencio que te abre a la curiosidad y al misterio tal vez nunca habría conocido el cañón y pasado todas las aventuras que pasé y quizá nunca habría descubierto la catarata que estaba oculta. Sin darme cuenta estaba teniendo pequeños atisbos de un estado de conciencia en el que la vida se vivía de otra manera.

Un tiempo después pregunte a un tío abuelo sobre esa catarata, ya que cuando él era joven anduvo por muchos lugares y efectivamente me confirmo todo lo que había averiguado y que era posible cruzar el rio yendo al caserío donde se encontraban los dos ríos y a partir de ahí quedaba un duro recorrido por las montañas hacia la catarata oculta.

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